La Semana de Román Revueltas Retes
Hoy, miro en la "tele" lo que me dé la gana
Más de tres horas de debate. Y los candidatos, los dos aspirantes a la presidencia de la República Francesa que traspasaron la primera vuelta estipulada en el proceso electoral, sentados ahí en el plató de la televisión, frente a frente, sin asistencias artificiales y sin resguardos negociados de antemano para beneficiarse de un “formato” que los exima de las inevitables rudezas del adversario sino, por el contrario, bien expuestos a los reveses, los tropiezos, los resbalones y los inevitables desaciertos que cualquier común mortal afronta cuando, bajo la gran presión de comparecer ante las cámaras ante la mirada de millones de espectadores —que, encima, pueden quitarte los votos que te habían ya ofrecido si deciden que no estás a la altura—, debes esquivar las tarascadas y las destemplanzas del rival.
Bien plantados, en todo caso, Sarkozy y Hollande. Bien peleones y bien enteros, casi sin mirar las notas que llevaban, con los datos debidamente memorizados, las respuestas en la punta de la lengua y la capacidad de reacción a todo lo que da. Fajadores los dos, se dieron de lo lindo, se interrumpieron y se atacaron alegremente exhibiendo, en todo momento, la agilidad del que se sabe preparado para asumir, sin flaquezas, las más elevadas responsabilidades.
Ya Jorge Castañeda escribió sobre el tema en su última columna del diario Reforma y ya dio cuenta, de la misma manera, de una confesada francofilia que no solamente comparto sino que admitiría aún más exacerbada en mi caso. Y esta declarada admiración va más allá del gusto por la lengua, la cultura, los usos y las costumbres de la gran Francia y se extiende a la apreciación de un sistema político, ese modelo presidencialista sustentado en un sistema parlamentario que asegura de manera natural la eficacia del Gobierno. Un régimen, creo yo, que deberíamos de adoptar sin mayores trámites siendo, además, que el sistema que tenemos es una mala copia del que se instauró originalmente en Estados Unidos (de América).
Pero, en fin, hoy hay elecciones en Francia y hoy, por la noche, tendremos aquí un debate entre cuatro candidatos (ah, miren ustedes, a propósito del sistema que tenemos: no hay segunda vuelta en las elecciones) cuya celebración (simultánea a un partido de futbol que, hay que decirlo, no es necesariamente un espectáculo obligatorio ni indispensable ni un asunto de vida o muerte sino una mera opción para los aficionados) ha despertado, justamente porque el encuentro deportivo se programó al mismo tiempo, una acalorada polémica.
Hay un gran culpable de todo esto, desde luego, un acusado principal, de nombre Ricardo Salinas Pliego: el hombre no sólo programó, por sus pistolas, el partido de futbol a la misma hora que el debate sino que soltó, además, que “quien quisiera mirar el futbol sintonizara TV Azteca y quien quisiera mirar el debate pusiera Televisa” añadiendo, además, que el “lunes informaría de los ratings” de cada emisión. Su lógica, con perdón, me parece impecable desde el punto de vista del liberal que pretendo ser: ha dicho que cada quien decida, a su aire y en pleno ejercicio de su soberanía individual, qué canal va a elegir. En cuanto a lo otro, los índices de audiencia, estamos hablando, también, de algo tan irrebatible como una ley natural: los resultados serán lo que serán, nos gusten o no nos gusten.
Pero, por favor, el emisario no tiene la culpa. Si, por ahí, resulta que somos una sociedad de individuos con una cultura política muy poco desarrollada que prefieren el futbol a las reflexiones sobre el estado de la nación, pues, qué remedio, los ratings simplemente mostrarán esa realidad. Sería deseable, desde luego, que los mexicanos exhibieran una mayor conciencia cívica. Sería bueno, de la misma manera, que escucharan música de Mozart y que leyeran poesía. Pero nada de esto se obtiene, de la noche a la mañana, desprogramando un partido de futbol.
En Francia, la noche del 2 de mayo, hubo también un encuentro: jugó el Paris-Saint Germain contra el Saint-Etienne mientras los candidatos debatían. Alguna gente miró el futbol. Otra, prefirió el debate. Y, mira, nadie dijo nada. Pues eso.
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