Sainete y debate
En una sociedad abierta y democrática los debates políticos deberían ser una de las fuentes fundamentales de información para los ciudadanos, especialmente cuando se van a elegir autoridades. Y más si se trata de elegir al jefe o jefa del Poder Ejecutivo.
En México no han alcanzado a serlo. Otra vez el vaso medio lleno y medio vacío, la mediocridad secular. La costumbre de debatir y deliberar no termina de desplazar a la de simular, callar y obedecer (o rezongar). Sin embargo, no estamos en ceros. Hay debate y deliberación en el Congreso. Con frecuencia termina en gritos y sombrerazos, pero así se empieza. Se delibera socialmente, a través de la prensa escrita y la radio, muy infrecuentemente mediante la televisión que, aunque declina social y técnicamente, es todavía el medio más poderoso.
El presidente de la Televisora Azteca tuiteó con prepotencia que seríamos “libres” de elegir entre el futbol y el debate entre candidatos presidenciales, ya que esa empresa concesionaria de nuestras ondas hertzianas no se dignaría transmitirlo por su canal principal. El menú recetado: ¡Televisa, futbol o apáguenle! Hay a quienes les ha parecido una lección de libertad. Un debate importante manejado como si se tratase de un sainete de verduleros (dicho con todo respeto a los que practican el imprescindible oficio).
Pero hay muchos, presumo que muchos más, que opinan diferente, aunque a lo mejor la enorme mayoría es indiferente (sobre eso no hay encuestas, por lo cual no podemos concluir). Muchos opinamos que los debates son importantes; que el formato al que se someten los debates de campañas presidenciales es rígido, insípido y poco informativo. Pero que peor es nada.
Falta mucho por hacer para que los candidatos muestren realmente lo que son y lo que no son, lo que saben y lo que ignoran, lo que podrían o no hacer para mejor gobernar el país. Falta mucho para que se produzcan verdaderos debates y no simples monólogos seguidos de “réplicas” de mentiritas. Falta mucho, en fin, para que los ciudadanos tengamos debates de calidad que redunden en información igualmente valiosa para tomar la decisión de a quién elegir.
Del lado de la audiencia también falta mucho. La pasividad tradicional de la mayoría de los ciudadanos es abrumadora. Lo es para tolerar las trapacerías de los depredadores, lo es para la versión mediática de esa depredación, lo es para pasar aparentemente inadvertidas las sandeces de las mujeres y hombres de la vida pública.
La defensa de la libertad va inevitablemente atada al aprendizaje de la responsabilidad. Si asumimos que nuestra conducta no está determinada, que nuestro voto no está secuestrado, que lo que escuchamos y pensamos es esencial para hacer la diferencia entre fatalidad y libertad es forzoso preguntarse cómo se construye la responsabilidad en el espacio público.
La estridencia mediática es ensordecedora. El afán comercial de conseguir “consumidores” (no lectores ni escuchas), da para todo en un medio social con escasos recursos para obtener información de calidad. Trátese de productos o servicios, entretenimiento u opciones políticas, las capacidades de los ciudadanos para obtener información son estrechas. De un lado la limitada conciencia de la responsabilidad de informase, de exigir información; del otro la escasez de medios eficientes para conseguirla.
Instituciones como el IFE y el IFAI son pioneras para mejorar la cantidad y la calidad de la información. También los partidos políticos que, al criticarse unos a otros para obtener el consenso ciudadano nos dan una de las informaciones más valiosas en la democracia: la información negativa, lo que se hizo mal, se dejó de hacer o no debió hacerse. Otro tanto se da ya en y entre los poderes colegiados.
Pero los medios masivos dejan mucho que desear. Si uno compara los noticieros, los programas de debate y discusión, las producciones sobre asuntos de interés entre los países de la OCDE, quedamos en la cola de la civilización. La falacia de que el público reciba “lo que pide” y que ello justifique la mercantilización absoluta del espacio mediático no se sostiene ni como realidad ni como valor. Como realidad porque no hay prueba de que la preferencia de la audiencia se limite a lo que recibe, ni como valor porque en una sociedad civilizada los medios tendrían que ser la vanguardia del aliento a los valores de la responsabilidad democrática.
La calidad de la vida en el espacio público no está dada, se construye. No hay nada en la teoría liberal ni en la teoría democrática que justifique esa falacia. Discutirla debería tener un lugar importante en los medios, pero no es así.
Esta noche veremos y oiremos el debate. Con todas sus limitaciones, verlo es una responsabilidad del ciudadano. Hay que saber a qué nos atendremos.
@pacovaldesu
Director de la Facultad Latinoamericanade Ciencias Sociales (Flacso) sede México
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