Elecciones o referéndums
VIENA.— La intensidad de la crisis económica permea a Europa con diferentes consecuencias. La población en los países mediterráneos reacciona con irritación social, frente a medidas de austeridad. Tres décadas seguidas de crecimiento crearon en esas sociedades, espejismos asimilados como realidad infalible, asumiendo que se trataba de modelos en permanente expansión. La gigantesca burbuja inmobiliaria obnubiló a la población, que ahora entrega apartamentos, casas y vivienda de interés social a bancos, constructores y especuladores, arrastrando la carga de la deuda, mientras se suspenden ingresos por pérdida de empleo.
Las medidas adoptadas, asumiendo que faltan las más severas, envenenan la atmósfera social, con la certeza de que la respuesta gubernamental a los quebrantos no es la adecuada. No se aceptan planteamientos de responsabilidad compartida, concepto considerado obsoleto. La movilización obrera y de clases medias es la respuesta más socorrida en contra de las medidas adoptadas. Es difícil para un mexicano no evocar 1982 y 1995, cuando se adoptaron fórmulas severas para lograr la recuperación, con relativa disciplina colectiva. Esta actitud para enfrentar la crisis no existe. Por el contrario, se endurecen las reacciones negativas, presagiando confrontaciones con la autoridad. Sin duda, se había asumido que el crecimiento ascendente sería permanente. La demagogia de partidos y de políticos, vista en perspectiva de varios años, fue parecida al discurso populista que vivió Sudamérica en la misma época. No hay ánimo de reconciliación hasta que se diriman responsabilidades en confrontaciones callejeras.
Los pueblos del norte del continente no construyeron realidades vulnerables. Los estilos de vida no se alteraron, manteniendo el ritmo cauteloso del gasto controlado y el ahorro como norma. Vieron los riesgos de los crecimientos de papel, inclinándose por defender la austeridad como patrón de conducta social. En su esparcimiento en el mediterráneo eran criticados por su gasto restringido. Con razón, se oponen a rescates con sus recursos, de quienes dilapidaron su crecimiento mientras ellos actuaban con moderación. Esta diversidad de culturas en Europa no significa que los austeros apoyen a sus autoridades de manera incondicional. Por el contrario, se han erigido en guardianes severos de los dineros públicos, en la misma forma que lo hacen con los propios, creando, por razones distintas, escenarios de confrontación política.
La tendencia social de convertir las elecciones en referéndums genera inestabilidad, gobiernos titubeantes y efímeros. Esta respuesta política a la primera gran crisis económica después de la recuperación de la Segunda Guerra Mundial es difícil de comprender. Los politólogos ciudadanos son intransigentes y recurren a análisis desmesurados, algunos con claro tono anarquista. La sensación de que no hay retorno inmediato a la bonanza anticipa mayor confusión, lo que inhibe construir acuerdos. Por el contrario, el tono contestatario y de ruptura retrasa cualquier recuperación. La autoridad también se tropieza al imponer sin persuadir, siguiendo las instrucciones de los banqueros centrales, que repiten los mantras del Fondo Monetario Internacional.
Es claro que éstas serán las premisas de conversación europea en el G-20 en Los Cabos. La vacuna para evitar el lamento eurocentrista es recurrir a la discusión de soluciones globales sin dejar espacio a la casuística que en la reunión de Cannes se convirtió en el escenario para negociar el primer gran parche griego, buscando apoyo extracontinental. El retorno apretado del socialismo francés o del laborismo inglés es parte de la desesperación de los electorados que igual asumen recetas xenófobas que aplauden retórica liberal. El descontrol europeo requiere de serenidad y liderazgo, que por ahora ha estado ausente. Ésta es una realidad insoslayable de beneficio global. Por ello, es esencial que se eviten las reacciones populistas que han mostrado ser efímeras y peligrosas. El rumbo actual lleva a la inestabilidad de las instituciones, castigadas por las realidades de la economía mundial.
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Ex representante de México ante Naciones Unidas
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