La candidata machista
Con voz destemplada y cansino sonsonete monocorde, la candidata presidencial del PAN, doña Josefina Vázquez Mota, ha dicho, una y otra vez, tener “los pantalones muy bien puestos”. Ella y sus asesores no dan pie con bola. La frase es de un excelso mal gusto. De escasa imaginación, también es desafortunada e impertinente. Siembra y esparce dudas y temores, en especial entre las mujeres de todas las edades y procedencias sociales, políticas y culturales.
Convencidas de los imperativos morales surgidos acerca de la digna lucha femenina en favor de la equidad de género, muchas mujeres —las he oído en diversas ocasiones recientes—, indignadas, se preguntan: ¿tienen acaso mayor inteligencia y valentía los pantalones que las faldas? ¿Son los pantalones símbolo inequívoco de capacidad resolutiva, carácter firme y honradez? ¿No son merecedoras de crédito y confianza las mujeres que usan faldas? ¿Son debilonas o blandengues las que no llevan pantalones o lo hacen de cuando en cuando? ¿Son los pantalones la representación del arrojo y las faldas la de la cobardía y la pusilanimidad?
Doña Josefina es misógina: tiene aversión política hacia las mujeres, las considera partiquinas, integrantes de un género subalterno, incapaces de tomar decisiones por sí mismas, imperitas en los asuntos del Estado, negadas para discurrir y pensar por cuenta propia.
Dice tener “muchos pantalones”, porque eso de las indecisas faldas —en el muy igualitario concepto de la señora Josefina Vázquez Mota en torno de la vida, del género y de la política— es propio de mujeres inhibidas o anuladas carentes de consistencia y personalidad. Toda una hermosa declaración de principios: me conduzco como si fuera hombre porque las mujeres no nacieron para gobernar.
Quién lo diría: la señora Vázquez Mota es machista. No cree en la misión ni en la fuerza femenina ni en sus capacidades intelectuales y críticas ni en su aptitud para analizar y decidir. Si alguna quiere participar en la transformación democrática del país debe, según doña Josefina, “tener muy bien puestos los pantalones”. La traiciona en el inconsciente un oblicuo ánimo autoritario: ha perpetrado un golpe demoledor contra la autonomía de la condición política y social de las mujeres.
Su frase es un autogol —¿cuántos lleva ya? y un agravio, una ardiente bofetada que ella asesta en la mejilla de cientos de miles de mujeres enhiestas, autosuficientes, forjadas en la áspera lucha cotidiana dentro de una sociedad dispareja, organizada y regida, precisamente, por quienes usan o pretenden usar pantalones e intentan gobernar con ellos aunque, a veces, eso tampoco resulte cierto.
A partir de ese machista lema de combate, con semejante desprecio hacia sus congéneres, nos dice —no de manera implícita o tácita, sino expresa e incontrovertible— que, para ella, las mujeres son sensibleras o románticas o emotivas o, de plano, ineptas para caminar por el mundo sin la esclarecida guía masculina.
Y además: no está dispuesta a ceder un ápice ni a negociar con nadie: “¡voy derecho y no me quito!”, gritó, con la garganta en carne viva, al protagonizar uno de sus patéticos desplantes, necesitada como está la señora de que se le crea mujer con arrestos sobrados, aunque ese augusto lema —“¡voy derecho y no me quito!”— denuncie no a una persona dotada de enérgico temperamento político sino a otra, insegura, urgida de reconocimiento, intolerante e inflexible, perfiles distintivos de tiranuelos y no atributos propios de gobernantes modernos.
“¡Soy una mujer con muchos pantalones!” y “¡voy derecho y no me quito!”, son ruidosos —y ruinosos— manifiestos políticos inherentes a la misoginia machista anidada en el alma de doña Josefina.
Consejero político nacional del PRI
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