LÍNEA CALIENTE
Cuando le entregaron a Ricardo Salinas Pliego –en pago en abonos- la segunda televisora más importante del país que en ese entonces (1992) tenía más cobertura de Televisa, lo primero que ordenó el nuevo patrón a sus reporteros fue:
“¡Vamos a cambiar el periodismo; ahora ustedes en lugar de traer libretas de apuntes portarán un block de facturas!”.
Y sí.
Ahora los comunicadores se dedicarían a asaltar políticos, comerciantes, industriales y a todo aquel que quisiera salir en las pantallas de TV Azteca.
Los gangsters se apoderaban de la pantalla chica y todos quienes aun teníamos un ápice de dignidad migramos.
Se terminaba toda una época heroica de quienes día tras día, año tras año, intentamos llevar mejores notas que las que traía noche a noche el estelar de Televisa “24 Horas”, de quienes nos fuimos a la guerra a reportear; de quienes dedicamos nuestra vida a la televisora del Ajusco.
Solo se quedaron tres: un oscuro redactor de notas internacionales Javier Alatorre, a quien Salinas Pliego haría un Frankestein de la noticia; José Ramón Fernández, un arrogante español cuya máxima aspiración era ser comentarista de deportes Televisa y que finalmente fue despedido, y Paty Chapoy, una mediana reportera de espectáculos corrida de la televisora de Azcárraga a quien también harían un monstruo a base del chisme y meterse en vidas privadas.
Así se gestó la nueva televisora. Sobre cimientos atípicos. Comprada con el patrocinio de Raúl Salinas de Gortari, el hermano incómodo que le prestó 50 millones de pesos a Salinas Pliego, con el apoyo del gobierno para que pagara a “cómodas mensualidades” tan importante franquicia; con el respaldo del capital regio, particularmente de la familia Salinas y Rocha.
Ricardo Salinas desde el arranque encontraría el mejor nicho de negocios madreando a los políticos, a su competencia, Televisa, y chantajeando a políticos y servidores públicos con desmesurados convenios.
Prácticamente de la noche a la mañana “TV Azteca” se capitalizó hasta liquidar adeudos y creando nuevos negocios como Elecktra, Iusacell, Banco Azteca, empresas automotrices, televisoras filiales en el interior de la república y Estados Unidos como “Azteca América”.
El elogio desde entonces tuvo un alto costo.
El siguiente paso fue meterse a la política recomendando a sus colaboradores como diputados, senadores, subsecretarios de estado y hasta gobernadores.
Hoy día, ya en pleno desquicio, Salinas Pliego pretende decidir la sucesión; abrir espacios a su antojo a debates presidenciales entre candidatos y seguir cobrando por dar espacios en el siete, el trece y el 40, concesión que se adjudicó a la mala.
La pregunta es ¿hasta cuando seguirá extorsionando al Estado mexicano este sujeto Ricardo Salinas Pliego, si consideramos que hasta el propio Andrés Manuel López Obrador ya se le fue a arrodillar?
Tiempo al tiempo.
*Premio Nacional de Periodismo
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