Interludio
Más medallas olímpicas… ¿Cuándo?
Esto, lo de las Olimpiadas, es la gran fiesta de los nacionalismos. En su momento, Hitler, legitimado lacayunamente por los blandengues líderes de la Europa de la preguerra a pesar de que mostraba ya insolentemente las garras (y cuestionado en solitario por un gobierno de Estados Unidos que intentó vagamente boicotear la gran cita olímpica), supo obtener muy suculentos dividendos de los juegos que organizó en 1936 (y eso, con todo y que lograron colarse por ahí unos atletas negros respondones que, justamente, competían portando los colores de la bandera de las barras y estrellas). Y, miren ustedes, una de las herramientas propagandísticas más rentables de los regímenes totalitarios sigue siendo el desempeño de sus deportistas, primerísimos embajadores de las dictaduras en las grandes competiciones internacionales.
Pero, en tiempos normales y bajo el signo de la democracia, el único momento en que se alborotan un poco las hormonas del personal es cuando suenan las notas de los himnos nacionales y la cosa, por fortuna, no pasa de ahí. Su Majestad la Reina Isabel II, tras el esplendoroso tributo que le volvió a brindar su generoso pueblo, no tiene la menor intención de tomar el poder ni de guerrear con Alemania ni, vamos, de desembarcar en Buenos Aires, al mando de sus tropas, para dejar bien en claro que las Falkland Islands —es decir, las Malvinas, en la lengua de los antiguos señores— siguen y seguirán siendo tan británicas como los kelpers que las habitan. Y eso que doña Cristina Fernández, que es mujer más bravucona, anda en modo desafiante y con ganas de pelea.
Así las cosas, los Juegos Olímpicos son apenas un escaparate para la abierta y muy legítima exhibición del patrioterismo más tranquilo. Hay naciones que logran resultados sin relación alguna con su importancia geopolítica —ahí tenemos a España, para mayores señas, que aunque anda de capa caída no deja de ser uno de los protagonistas— y otras, como México, que apenas logran un par de medallitas (eso sí, desaforadamente cacareadas como si las escasas hazañas de los locales hubiera logrado alterar la órbita terrestre).
Tras esta cita olímpica, de muy exiguas cosechas para los nuestros, será muy interesante la posible comparación que podamos hacer luego de dos años de concluida la administración de Enrique Peña Nieto, en 2020, en los Juegos de Tokio, Estambul o Madrid. Porque, si en algo tiene que cambiar México —más allá de las tantas asignaturas pendientes que tiene— es en el terreno deportivo. No es una prioridad nacional como el combate a la pobreza o la reparación del maltrecho proyecto educativo. Pero, como un termómetro de lo que viene siendo el estado general de la nación, las medallas olímpicas tienen un significado determinante. El deporte, después de todo, es uno de los pilares del bienestar social. ¿Lograremos más resultados algún día?
| < Anterior | Siguiente > |
|---|




