La transición política mexicana
El mes pasado, El Colegio de México publicó un libro de José Woldenberg cuyo título es Historia mínima de la transición democrática de México (2012). Es un análisis, basado en datos duros, que ofrece un panorama bien fundado de los cambios políticos que nuestro país experimentó durante los últimos años. Uno puede discrepar con algunas de las argumentaciones. Sin embargo, esta Historia mínima es una aportación al conocimiento: de lo que fuimos ayer y lo que somos ahora. Es un texto sólido escrito por un observador y un protagonista de los hechos.
La transición mexicana tuvo como punto de partida, nos dice Woldenberg, la reforma política de 1977. Se lanzó un proyecto que alentaba, aunque de manera rudimentaria, la competencia entre los distintos partidos y que pretendía ensanchar la representación política. Según JW, veinte años después “con las elecciones de 1997 finalizó la transición democrática en México” (p. 116). Ese año, con una competencia partidista más acentuada, el PRI perdió por primera vez la mayoría en el Congreso. Se “desmontó un régimen autoritario y se empezó a edificar una democracia germinal” (p.117).
Woldenberg sostiene que “la alternancia pacífica y ordenada en la Presidencia de la República en el año 2000 fue posible porque la transición democrática estaba concluida” (p.123). Unos comentarios merecen estas afirmaciones. En efecto, entre 1977 y 1997 hubo una transición, pero podría añadirse que se trató de una primera etapa de ese proceso. Puede argumentarse que otras etapas son necesarias para pasar de esa “democracia germinal” a una democracia más robusta. Ésta, como asignatura, sigue pendiente.
El inicio de nuestra transición no podía haber ser peor. Parafraseando a José Woldenberg, las condiciones de la competencia eran marcadamente asimétricas. La infraestructura electoral se armaba desde la Secretaría de Gobernación y los recursos económicos para hacer las campañas eran en extremo desiguales (P.35).
México, pese a que no tuvo un autoritarismo totalitario como el que padecieron algunos países del Cono Sur y de Centroamérica, tenía un sistema político piramidal, con un vértice desde el que emanaban todas las decisiones y para las que no se podía hacer cuestionamiento alguno ni poner en duda su ejecución. En México había un monarca sexenal, como sostenía Cosío Villegas, cuya plataforma era un partido hegemónico que funcionaba como una aceitada maquinaria electoral y una “Presidencia con poderes constitucionales y metaconstitucionales situada por encima de los otros poderes”. Esto era posible por la inexistencia de una competencia política real y porque lo electoral se subsumía en la órbita del Estado (pp. 55.56).
Toda transición tiene sus rasgos propios; sus huellas digitales. México, en efecto, ha transitado hacia una democracia germinal pero no ha desmantelado esa estructura autoritaria que le dio cobijo a un régimen que sobrevivió más de siete década: sigue intacta. En esta circunstancia cabe señalar que sería deseable que la segunda etapa de la transición democrática mexicana, inconclusa por tanto, sea la demolición completa del cascarón autoritario y la fundación de aquellas instituciones que nos acerquen más a una democracia consolidada. Cuestión de tiempo, pero también de voluntad política que, con frecuencia, escasea. El PAN, en 12 años, no la tuvo.
Se infiere que Woldenberg tiene dos grandes preocupaciones, compartidas por cierto, que funcionan como camisa de fuerza para que nuestro sistema político y de partidos pueda lograr una posición más desarrollada. Una es la imparcialidad y la otra es la equidad de las contiendas electorales. Es necesario “un entramado capaz de ofrecer garantías de imparcialidad a las distintas fuerzas políticas del país” (p.67). Sin imparcialidad es difícil conseguir las condiciones de equidad y el resultado, recurrente por cierto, es una ecuación cuyo resultado tiende a inhibir el desarrollo del proceso democrático.
El México de ayer carecía, nos dice José Woldenberg, de “dos piezas para transmutarse en democrático: un sistema plural de partidos y un sistema electoral capaz de ofrecer garantías de imparcialidad y equidad a los contendientes…” (p.15). Esas dos piezas fueron modeladas paulatinamente entre 1977 y 1997. Sin embargo, la imparcialidad y sobre todo la equidad siguen teniendo balances deficitarios dentro de los procesos electorales recientes.
No es gratuito que Woldenberg le dedique un capítulo a la construcción de la equidad. Y que uno de los apartados del mismo tenga como subtítulo “la ansiada equidad”, al referirse a la elección de 1997 cuando hubo las primeras muestras de que se habían dado pasos al respecto.
Uno de los factores que no contribuye a la construcción de la equidad es el papel que juegan los medios de comunicación. Por supuesto que el tema es central para José Woldenberg. En sus palabras, refiriéndose a la elección intermedia de 1991: “….si bien se habían contado con pulcritud los votos, el terreno del juego seguía siendo marcadamente desigual”. “En relación con la cobertura facciosa que los noticiarios de radio u televisión hacían de las campañas existía un enorme malestar por parte de todos los partidos distintos al PRI” (p. 83). El conflicto postelectoral de nuestros días es una prueba al respecto.
Pese a que se han impuesto candados a los medios de comunicación en su relación con los procesos electorales, es evidente que el problema dista mucho de ser resuelto. Este factor ha generado ese movimiento de #YoSoy132 que señala a Televisa como la gran promotora del candidato priista Peña Nieto y argumenta “una imposición”.
Se puede concluir así: se recomienda ampliamente la lectura de este libro que, siendo breve, alcanza dimensiones profundas. Es una interpretación sólida de nuestra historia política reciente, de nuestra transición y de los avances y obstáculos que enfrenta el proceso democrático del país. Habría que añadir que un factor ausente y pendiente de investigar es la enorme desconfianza que existe entre los actores políticos. Una problemática que se antoja llevará tiempo superarla.
Disculpa: en mi columna de la semana pasada confundí el nombre de Fernando Belaunzarán por el de Fernando Larrazabal. Vaya una disculpa amplia para Belaunzarán por este imperdonable error.
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