¿Qué hora es? La que usted diga, señor presidente
La Presidencia omnímoda mexicana no se ha ido. Nuestra sociedad ha dado pasos importantes para acotarla. Sin embargo, no han sido suficientes las reformas, las leyes e incluso la participación ciudadana para reinventarla. Si bien no son comparables las últimas dos administraciones presidenciales con las del “priato clásico” (cualquier ejemplo es bueno desde 1940 a 2000), los dejos de las presidencias del PAN (2000-2012) se acercan en muchos aspectos a las del “viejo régimen”, que está por regresar. El PAN tuvo la oportunidad, durante 12 años, de cambiar las reglas del juego y la estructura política; no se atrevió a impulsar un proyecto de democratización. La consecuencia: seguimos viviendo bajo un régimen presidencial casi absolutista.
La institución presidencial y la figura que la encarnó fueron intocables hasta hace poco. Lo siguen siendo, aunque en menor medida. No importa si los mandatarios de este país tuvieron razón o no en cuanto a la toma de una decisión determinada. El punto es que lo que desde la Presidencia provenía se acataba, no se cuestionaba: era la última palabra, sin posibilidad de apelación y discrepancia. Ejemplos sobran. Si se enumeraran, demostrarían que la institución presidencial mexicana es un nicho de impunidad. Incluso hoy, en los tiempos de la “democracia germinal” (Woldenberg) o “la democracia triste” (Meyer).
Como en el priato, en el panato las cosas siguen más o menos igual. La diferencia, hay que reconocerla, es que hoy en día puede hacerse una crítica extrema a la figura presidencial, lo que antes era imposible. Sin embargo, hay que dejar asentado que hay de críticas a críticas. O, si se quiere, de insinuaciones a insinuaciones.
Lo anterior viene al caso porque en una conferencia de prensa inédita, el presidente del consejo de administración de MVS reveló los pormenores en relación con una banda conocida como 2.5 GHz, que, de acuerdo con los expertos, es una especie de joya para las transmisiones electrónicas de hoy en día. Joaquín Vargas, presidente de ese consejo, relató que el 4 de febrero de 2011 la periodista Carmen Aristegui, una de las voces críticas más severas de la actualidad, lanzó al aire una pregunta en su programa radiofónico, que insinuaba un supuesto problema de alcoholismo de Felipe Calderón, no inventado por ella sino hecho explícito por algunos diputados de la legislatura que se va: principios de 2011. Aristegui editorializó la pregunta y subrayó que el punto señalado merecía una respuesta, una aclaración mínima del personaje aludido: el jefe del Ejecutivo.
Pocos minutos pasaron después de haberse hecho esta pregunta cuando Vargas recibió una llamada de la Coordinación de Comunicación Social de la Presidencia, la que exigió una disculpa pública de la periodista. En otras palabras, la pregunta, que no acusación, que planteó Aristegui lastimaba la reputación del presidente Calderón y hería a la institución que está a su cargo. Desde Los Pinos no se admitió que al Presidente de la nación se le insinuara un problema de alcoholismo. El presidente Clinton, en su momento, aceptó haber consumido mariguana. Dilma Rousseff, presidenta de Brasil, hizo lo propio con su problema de alcoholismo. Se trata de seres humanos, con vicios y virtudes. ¿Qué tiene de malo que Calderón se tome un par (o más) de tequilas? Ninguno, excepto reconocerlo en público: la Presidencia mexicana es impoluta.
No es la primera vez que desde la Presidencia de la nación se lastima a un medio de comunicación. Esto fue pauta cotidiana durante el priato. López Mateos (1958-1964) se encargó de aniquilar, retirando la propaganda pagada, a un diario llamado ABC. Díaz Ordaz (1958-1964) exterminó a la extraordinaria revista Política, dirigida por un Manuel Marcué Pardiñas. Fue uno de los proyectos periodísticos más importantes de los años 60 en la que colaboraron intelectuales distinguidos que, no sin osadía, criticaron un régimen que no aceptaba crítica alguna.
Para su época, los años 60, la revista Política fue una publicación que, sin desmesura, hizo críticas fuertes a la administración presidencial del entonces presidente Díaz Ordaz y, pese a que éste la toleró un poco, al final fue clausurada. Ese presidente ordenó cerrar también el Diario de México,un periódico cuya vida fue coyuntural, pero que tuvo la osadía de poner a dos mandriles cerca de una fotografía de Díaz Ordaz: cualquier semejanza era coincidencia.
Si pasamos a los 70, no puede olvidarse a aquel Excélsior de Julio Scherer que empezó a hacer críticas sistemáticas hacia un presidente que encabezaba una “apertura democrática”. Daniel Cosío Villegas y Gastón García Cantú, entre otros columnistas, le quitaban el sueño al “tercermundista” presidente Echeverría. No puede quedar fuera de este contexto esa frase de oro de López Portillo de que “pago para que no me peguen”. La prensa al servicio del poder público y cuando aquélla traspasaba las fronteras de lo “permitido” venía la represalia, la clausura, el silencio, la nada. Por suerte, esos tiempos están casi superados, pero no del todo.
Gutiérrez Vivó salió del aire por razones de crítica al sistema. Y ahora, cuando todo el mundo critica y escribe lo que quiere, se demuestra que todavía hay una tolerancia limitada. Ese es el caso de Aristegui y MVS. Ahora no se cierra un rotativo, como fue el caso del Excélsior de Scherer. Ahora se “rescata” un espectro radioeléctrico que implica no un diario de circulación nacional, sino miles de voces que se integran a través de internet: equivale a cerrar decenas de periódicos. No es un problema de libertad de expresión que, hay que reconocer, se respeta en buena medida; es un problema de intolerancia política que proviene desde la cúspide de la estructura de poder: la Presidencia omnímoda.
A Aristegui no se le renovó el contrato en la W por mantener una postura crítica ante las circunstancias de este país. Es su trabajo periodístico y profesional, ella ha señalado temas y problemas que no todos se atreven a divulgar. Su espacio es plural, pues da cabida a todos aquellos involucrados en una problemática determinada. Pero lo que importa es que no se pueda tocar la cúspide de la pirámide política. E independientemente del conflicto por la banda 2.5, los hechos ponen de manifiesto que la crítica al poder tiene todavía límites: la figura presidencial es intocable.
Calderón ha sido blanco de innumerables críticas. Una parte de ellas justificadas, otras no. La Presidencia, y la clase política en general, tienen que asumir la crítica, sobre todo si es fundada. En una democracia que quiere consolidarse, como la nuestra, no es posible que se acallen las voces cancelando concesiones para que las figuras políticas, cuando pregunten ¿qué hora es?, la respuesta sea: la que usted diga, señor. Hay que superar esta etapa.
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