Mi viaje en el tiempo
El 26 de septiembre de 1901, en Pachuca, Hidalgo, un señor Miguel Bracho le regaló a un tal don Francisco Hernández, “en recuerdo de su amistad”, un ejemplar del libro La Ciudad de México, que la Librería Madrileña —Callejón del Espíritu Santo número 7—, acababa de sacar a la venta.
Ignoro cuál habrá sido el destino final de los señores Bracho y Hernández. Sólo sé que más de un siglo después el libro había ido a parar a una librería de viejo del centro, y que una tarde de lluvia el propietario de ésta me lo intentó vender a precio de oro. Luchamos encarnizadamente durante, no sé cuánto, acaso media hora, y al final me llevé el libro a mi casa con la sensación de haber dejado en la librería “un ojo de la cara” —espero que haya sido el izquierdo, pues con el derecho veo mejor—.
No sabía lo que me esperaba. La Ciudad de México fue pensada por sus autores, Adolfo Prantl y José L. Groso, como una guía de forasteros encaminada a proporcionar “todas las noticias de que ha menester una persona que visita por primera vez esta ciudad”.
La obra comienza, naturalmente, en el apartado Llegada a México, y explica lo que el viajero debe hacer al bajar del ferrocarril. Mil páginas después, Prantl y Groso me tenían emocionado y llorando, absolutamente convencido de que su libro es una forma de viajar en el tiempo, y de que yo había recorrido —a pie, en taxi, en ómnibus, en tranvía—, la ciudad de 1901.
Pocas crónicas poseen el poder de evocación de esta guía para turistas. Exenta de aspiraciones literarias, retrata la vida urbana en números, en datos duros, en cifras.
“El primer cuidado del viajero es ocupar un cargador para que le lleve su equipaje… los hay de oficio, registrados en la Sección 2ª del GDF, y se distinguen por una placa de latón en la que consta el número de cada uno… cobran de 12 a 25 centavos”.
A las puertas de la estación, relatan los autores, uno podía encontrar tres clases de coches de alquiler (de bandera azul, roja o amarilla, es decir, de 50, 37 o 25 centavos, respectivamente), o podía caminar unos pasos hacia la estación de tranvías en busca de las líneas que pasaban por el centro: Ferrocarril Nacional-Reforma, San Cosme-Santa María, San Rafael-San Lázaro, Peralvillo-Belém (seis centavos). O podía, también, abordar un servicio de ómnibus que recorría los principales hoteles de la ciudad.
¿Se hallaba el viajero en condición de pagar un alojamiento de cinco pesos diarios? Era preciso, entonces, visitar el Hotel del Bazar, en Espíritu Santo número 8, antigua casa de los Condes de Miravalle. “Amplio, bien ventilado y en los bajos tiene un buen restaurante”. ¿Los recursos disponibles obligaban a buscar alojamiento más económico? En el Hotel Gillow existían habitaciones desde un peso al día y se contaba, “para comodidad de los huéspedes”, con un ascensor.
La guía despliega una lista de restaurantes a la francesa, italiana, española, inglesa, alemana y americana, “en los que algunas veces se sirven platillos al estilo del país”. Comida corrida en el Sylvain: 2.50. Cantinas recomendadas: Salón Bach y La América. Sitios para tomar café: Gran Café Colón y el Café de Manrique, “curioso porque entre sus parroquianos hubo en otros tiempos algunos poetas más o menos pobres y notables”.
No puedo dejar de leer. Prantl y Groso me llevan, me arrastran, me entregan pormenores de calles, plazas, baños públicos, peluquerías, buzones, casetas telefónicas, casas de cambio, paseos, parques, jardines, fuentes, monumentos, cines, teatros, circos, casinos, salas de concierto, archivos, bibliotecas, hospitales, gimnasios, coliseos, bufetes de abogados, consultorios de dentistas...
Este par de locos porfirianos, “que aman la ciudad muy de veras”, hicieron una hazaña a la Bernardo de Balbuena: lo vieron todo, lo contaron todo, lo cifraron todo.
No quiero volver.
Déjenme con ellos un ratito.
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