Silencio para los inocentes
Si hay una institución que entiende el valor de las palabras y los símbolos, es la Iglesia católica. Y si hay un hombre dentro de esa institución que conoce de primera mano la importancia de sumar las palabras a la doctrina, a la enseñanza y a la práctica es Benedicto XVI.
Joseph Ratzinger nunca se conformó con el quehacer cotidiano. Buscó y encontró su vocación, su misión, en la academia primero y en la cátedra después. Estudiante y luego profesor de filosofía y teología, pronto llamó la atención de la jerarquía católica y fue llamado a participar como “experto” (el entrecomillado es de su biografía oficial) en el segundo Concilio Vaticano. Más tarde, durante el papado de Juan Pablo II, fue nombrado prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe, antes conocida como la Santa Inquisición, además de presidir las comisiones Bíblica y la Teológica, y de encabezar a la que preparó el nuevo catecismo que fue presentado a Juan Pablo II en 1992.
Ese breve muestrario de los méritos académicos y teóricos de Ratzinger ayuda a entender por qué fue, a los ojos de los cardenales electores, el más indicado para suceder al carismático Juan Pablo II, cuya labor de acercamiento con la grey había sido desempeñada con soltura y con una habilidad innata para llegarle al corazón a sus fieles. A su muerte siguió el razonamiento de que lo que más hacía falta en ese momento en el trono de San Pedro era alguien que ayudara a consolidar la doctrina, a darle sustento teórico y orientación en un mundo cada vez más escéptico ante las enseñanzas tradicionales de la Iglesia. Con esos antecedentes, que hacen de Benedicto XVI un hombre que sabe de teoría, de doctrina, de la importancia de la palabra escrita y pronunciada, me cuesta entender las ausencias y los silencios que marcaron su visita a México.
No me extenderé en cuestionar si los tiempos del calendario fueron los más apropiados para una visita papal, ni en las suspicacias, fundadas o no, de que detrás de ella se esconden intenciones proselitistas por la inminencia de la jornada electoral en México. Me parece innecesario abundar en algo que por sí solo se explica y se entiende: no hay nada ocioso en lo que haga o diga, ni en cuándo lo haga o diga, el líder espiritual de miles de millones de católicos del mundo. Su viaje a México y ahora a Cuba tiene un componente espiritual mayúsculo, sin duda, pero no se puede pretender que el Sumo Pontífice de la Iglesia católica pueda transitar por las naciones que visita sin impactar la vida pública, a la política, a las sociedades mismas, sean o no mayoritariamente católicas.
Nada hay en lo dicho por Benedicto XVI en su paso por México que pueda ser objetado ni criticado por personas razonables. Sus mensajes de reconciliación, de perdón, de búsqueda espiritual son los que podría y debería uno esperar de un líder religioso de su estatura y con sus antecedentes.
Pero en lo que no dijo, en lo que calló, es donde están los detalles. Pocos países como México tienen una historia tan visible, tan tremenda, de abusos contra niños y niñas perpetrados por curas u hombres poderosos y visibles vinculados a la iglesia que Benedicto XVI representa. Él lo sabe muy bien, pues tuvo acceso a la información en su momento y tomó la medida, que a muchos consoló y esperanzó, de decretarle en vida un castigo espiritual al nefasto Marcial Maciel. Por ello y porque en otras ocasiones y lugares se ha referido amplia y detalladamente a abusos similares, ha pedido disculpas a las víctimas, se ha acercado a escucharles, me llamó tanto la atención que este hombre de fe, de inteligencia profunda, haya escogido guardar silencio en México sobre un asunto que ha marcado y dividido a tantos.
No podía ni debía ser ése el eje de sus mensajes, me queda claro, pero hubiera sido cosa fácil una mención, un guiño espiritual a las víctimas que tuvieron el valor y pagaron el costo de denunciar a los culpables. Pudo el Papa hacer eso sin perder de vista el objetivo de su visita a México: ayudar a que la Iglesia católica recupere parte del terreno que le ganan cotidianamente otras creencias y corrientes religiosas y que le han costado millones de fieles en nuestro país. Todo lo que se dice, o se calla, implica una decisión. Sus motivos habrá tenido Benedicto XVI para guardar distancia al respecto.
@gabrielguerrac
Internacionalista
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