Intensificación sustentable de la producción alimentaria
Por diversas estimaciones globales, entre ellas las de la FAO, es obvio que para mediados de siglo habrá que incrementar la producción mundial de alimentos (terrestres y marinos) entre 70 y 100%, reto que es aplicable a nuestro país. Alcanzar tal aumento usando la misma superficie dedicada a ello implica lograr una intensificación sustentable de la producción, lo que por definición requiere la reducción de las externalidades que los métodos productivos negativos presentan (es decir, los severos daños ambientales por emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), contaminación de suelos y cuerpos de agua, causados por la agricultura industrializada, las pesquerías exhaustivas, etcétera).
Existen varias opciones de reducción de esas externalidades negativas, como el laboreo mínimo, coberteras del suelo, agricultura de precisión (v.g. aplicación precisa en tiempo y en espacio de agua y fertilizantes), es decir, el uso de tierras agrícolas y cuerpos de agua para pesquerías de manera que se reduzcan al máximo los impactos negativos al ambiente y la biodiversidad. La aplicación de algunas de estas metodologías ya ocurre en muchas partes, aunque de forma aislada.
Adoptar medidas de producción alimentaria sustentable no implica necesariamente la reducción de los rendimientos o beneficios económicos. Un estudio realizado en cerca de 300 proyectos agrícolas de una amplia variedad de sistemas y cultivos en países en vías de desarrollo, que involucró a más de 12 millones de campesinos en casi 16 millones de hectáreas, encontró incrementos promedio de rendimiento de casi 80%.
No hay reglas universales para lograr el incremento de la producción de forma sustentable en todos lados; cada condición es diferente y requiere ser conocida adecuadamente para aplicar los mejores métodos disponibles o innovar con la combinación de métodos tradicionales y tecnologías avanzadas. En un contexto de cambio climático hay que combinar las constricciones físicas del clima con las características de los cultivos, así como incorporar los beneficios evaluados de la biodiversidad agrícola de cada región.
El principio de la sustentabilidad implica usar los recursos a tasas que no excedan la capacidad del ambiente para reemplazarlas; depender de insumos no renovables (o altamente subsidiados) es claramente insostenible. Desde luego, no es sencillo lograr esa sustentabilidad, así como tampoco determinar la velocidad con la que se puede transitar a ella a partir del estado actual. Sin embargo, ante los retos de disponibilidad de agua, pérdida de los servicios ambientales provistos por nuevas áreas naturales convertidas a la producción de alimentos, el agotamiento de las pesquerías, es imperativo transitar cuanto antes a un estado de producción alimentaria sustentable.
Entre 30 y 40% de los productos cosechados en el mundo se desperdicia por diferentes causas; desde mal almacenamiento de los granos, inexistencia de cadenas de frío para la conservación de los productos, raciones excesivas de alimentos (usualmente de bajo precio por ser producidos con insumos subsidiados) en restaurantes de países industrializados, etcétera. Resolver este desperdicio atendería la demanda insatisfecha de alimentos en el mundo, pero no proveería seguridad alimentaria para los países que carecen de ella.
Alimentar sustentablemente a los casi 135 millones de mexicanos que vivirán en menos de cuatro décadas sin exacerbar los problemas ambientales que ya enfrentamos, es un reto de proporciones mayúsculas. No lo podremos hacer sin un aparato propio de investigación agroecológica, tan eficiente como pertinente y sin invertir los recursos económicos necesarios en el campo para lograr esa sustentabilidad. Me pregunto qué tan alto está este tema (si es que está) en la agenda de los candidatos que buscan afanosamente la Presidencia de nuestro país.
Investigador emérito de la UNAM y coordinador nacional de la Conabio
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