Escaleras que no llevan a ninguna parte
En el patio trasero de un viejo palacio colonial, el de la casa Talavera en pleno barrio de la Merced, existe una escalera que no lleva a ningún sitio. Consta de algunos escalones que se hunden de pronto en la tierra: que se desvanecen de golpe en la nada.
Para bajar por esos escalones hay que atravesar un corredor húmedo y oscuro, que desemboca en un patio silencioso. Es un lugar extraño: rara vez llegan a escucharse los ruidos de la calle, los sonidos del mundo.
En varias casonas antiguas de Estados Unidos y Europa es frecuente hallar escaleras de este tipo. Todas tienen una historia de fantasmas: fueron hechas para que los espíritus se confundan y se pierdan.
Las escaleras de la casa Winchester, en San José, California, son acaso las más célebres del mundo. Las hizo construir la viuda de Oliver Winchester, el inventor del rifle de repetición que facilitó la conquista del Oeste —y el exterminio de los pueblos indios—. Esta mujer creía que su casa estaba tomada por los espíritus de la gente que la carabina Winchester había matado, así que la llenó de escaleras sin destino.
La casa Talavera fue levantada a principios del siglo XVII —se cree que perteneció al rico marqués de Aguayo— y, como toda casa antigua que se respete, tiene una dotación de historias de fantasmas. Las escaleras del segundo patio, sin embargo, son ellas mismas el fantasma de otra cosa. El espectro de una ciudad que se fue.
Resulta difícil imaginar que lo que hoy conocemos como Centro Histórico estuvo surcado, en sus primeros siglos de vida, por siete canales que caracoleaban a orilla de las casas. Dichos canales, escribió Balbuena, formaban calles de agua “que cual sierpes cristalinas / dan vueltas y revueltas deleitosas”.
Durante aquellos siglos lejanos, misteriosamente remotos, las casas de la ciudad tuvieron siempre dos puertas: una que daba a la “calle de tierra” —por la que entraban carruajes y cabalgaduras—, y otra, llamada falsa, que daba a la “calle de agua” y funcionaba como desembarcadero: allí guardaban los propietarios sus canoas; por ahí entraba a los domicilios el aprovisionamiento de frutas, de legumbres, de comestibles adquiridos en el pequeño puerto interior que se ubicaba en la calle de Roldán.
Causa sorpresa saber que el principal de esos canales atravesaba el Zócalo frente al Portal de las Flores, y corría a lo largo de la actual 16 de septiembre hasta perderse en las inmediaciones de San Juan de Letrán.
¿Cómo sería esa ciudad? Para Balbuena era un vergel. Para el resto de los mortales, resultaba asquerosa y sucia, como lo fue Venecia: unos mandamientos de 1677 obligan a los vecinos a no echar “basura ni cosa muerta” en los canales, e imponen una pena de treinta azotes al “negro o negra, indio o india que la echare”.
Entre 1753 y 1781 se determinó eliminar lo que se había convertido en una fuente perpetua de malos olores y epidemias, y los canales fueron aterrados. Los puentes que servían para cruzarlos se volvieron inútiles y terminaron por ser demolidos (aunque durante mucho tiempo dejaron su huella en el nombre de las calles: Puente Quebrado, Puente de la Leña, Puente del Cuervo).
La agonía de la ciudad lacustre acabó de golpe en 1921, cuando la ciudad asfaltó el último de sus vergeles: el canal de la Viga.
En la casa Talavera del barrio de la Merced, las escaleras que no llevan a ninguna parte, y que alguna vez bajaron, lamidas por las aguas, hasta un desembarcadero, son el único vestigio que existe en el Centro Histórico de la primera infancia de la ciudad. Cuando uno cierra los ojos, a diferencia de otras de su especie, le hacen atravesar los siglos. Son la entrada que conduce a una ciudad de acequias, canales y puertas falsas.
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